La combustión espontánea en un coche

Esta es la historia de un hombre que se compró un BMW y de pronto, un mal día, el coche ardió.

Esta es la historia de un hombre cualquiera que tenía un sueño y cuyo sueño fue pasto de las llamas.

El protagonista de esta famosa aventura, supongamos que era banquero y que nació aproximadamente hace cincuenta años en el malagueño barrio de El Perchel.

Juanillo -por decir un nombre- era como lo conocían en su calle.

Juanillo era un niño pobre, hijo de hombres pobres, que siempre fueron pobres. Pero Juanillo no quería heredar la pobreza. Juanillo tenía sueños, adoraba las cosas grandes, los coches bonitos, el mundo del motor…

Poco a poco Juanillo se abrió paso por el mundo. Comenzó por estudiar. Trabajaba y estudiaba al mismo tiempo.

Estudiando, estudiando, consiguió tener su título y entonces abrió un banco con un amigo.

El banco funcionó bien y Juanillo logró captar muchos clientes y que todos depositaran su confianza en él.

Juanillo, un buen día, decidió volar por su cuenta y abrió al fin su propio banco.

Y se hizo capitán de su vida.

Siempre había soñado con conducir un BMW, con acariciar la carrocería vibrante, agitada por el poderoso motor de los alemanes. Y un día su sueño se hizo realidad. Lo que nunca imaginó es que una tarde, por la autovía, su BMW, sin previo aviso, comenzaría a arder.

Y gracias a Dios que pudo salvar la vida, porque a causa del incendio, se bloquearon las cerraduras con Juanillo dentro, y menos mal que tenía a mano el móvil y el número de su amigo Antonio de los cerrajeros 24 horas Zaragoza, quien enseguida apareció y pudo liberar a Juanillo de su prisión teutona de llamas. De no ser por él, hoy Juanillo no viviría para contarlo.

Los de la BMW dijeron que no había ninguna razón técnica para que el coche ardiera y que no se le explicaban. Le ofrecieron un coche nuevo y de más altas prestaciones, pero el pobre Juanillo no quiso ni oír hablar de ello. Jamás en su vida volvería a tener un vehículo de esa marca. Él, que era supersticioso como el que más. Por nada del mundo.

Luego se pasó a la marca Audi. Y dicen que hasta el día de hoy, este automóvil no le ha dado problemas. Pero Juanillo, cada mañana, antes de salir, pone un extintor en el asiento del copiloto, reza tres padrenuestros, y pide a San Audi que “me quede como estoy”.

De momento el Santo se ha comportado.

Y vosotros, tened cuidado con vuestros sueños: a veces pueden acabar en llamas.

Cerraduras anti robo para coches

Es curioso cómo las marcas de vehículos caros y cuanto más caros más presumen de que sus cerraduras son anti robo, cuando en el momento que te dejas las llaves dentro o simplemente las olvidas en un sitio donde no te es factible al menos en ese momento ir a recuperarlas y tienes que llamar a un cerrajero, asombrosamente hasta las más prestigiosas cerraduras ceden ante las manos expertas de alguien que sabe cómo abrir las cerraduras de los coches.

Obvio que estos profesionales de la cerrajería no lo hacen delante tuya para que así no veas la técnica que utilizan, pero el caso es que lo hacen a la perfección. Incluso si lo pides y por supuesto lo pagas, te facilitan una llave provisional para que puedas abrir y cerrar el coche. Ignoro si esa llave también sirve para arrancar el motor, porque en el único caso en que me ha sido necesario abrir la puerta sin tener la llave, era para recoger una documentación del maletero ya que las llaves estaban en la habitación del hotel, y yo en otra provincia donde luego me recogían para hacer unas gestiones, así que insisto en que lo ignoro.

Esto me sucedió en Calatayud y tuve que llamar a los cerrajeros zaragoza que por casualidad supongo se encontraban cerca y exagerando un poco que eso se me da muy bien y además me gusta un montón, casi que llegaron antes incluso de colgar la llamada que les hice desde el móvil. Además no me costó nada, porque es un servicio que está incluído en la garantía complementaria del seguro del coche que se llama asistencia en viajes, y cubre el cerrajero. Al menos mi póliza.

Desde entonces, me aseguro de llevar las llaves del coche una y mil veces, que ¡vaya susto el que pasé!