Como puedo alquilar mi coche

Nunca he entendido muy bien esa pasión desmedida que sienten algunos por objetos materiales como los coches.

Cuando la gente charla conmigo y me cuentan que se han comprado el último modelo de automóvil de su marca favorita, con esfuerzo e importantes desembolsos monetarios, no puedo evitar acordarme de la famosa historia de mi tío Nicolás.

Nicolás fue un niño muy inteligente, y a medida que creció –en medio de no pocas adversidades- se hizo a sí mismo y fue capaz de resurgir de sus cenizas como nadie creyó que sería capaz.

Comenzó a trabajar con trece años en una conocida fábrica de la provincia y pese a que nadie apostaba por él, enseguida demostró tener asombrosas cualidades. Ascendió muy rápido en la organización y con dieciocho años ya era la mano derecha de los jefes.

Un día se cansó y decidió volar por su cuenta. Había adquirido experiencia y conocimientos, pero sentía la necesidad de ser alguien, de crear algo propio, de ser el dueño de su destino.

Y así lo hizo.

Estudió Económicas al mismo tiempo que trabajaba en una asesoría fiscal de sol a sol.

Toda la familia lo admiraba por su dedicación y esfuerzo.

En la Facultad sacó unas notas excelentes y estudiando únicamente por las noches. En lugar de ocupar las horas nocturnas en descansar, mi tío las pasaba en vela una sí y otra también, estudiando para aprobar sus exámenes. Pese al agotamiento, lo logró y en menos de cinco años, obtuvo su título de Licenciado.

Al año siguiente –tras conseguir dinero prestado en una entidad financiera- se asoció con dos amigos y abrieron un despacho propio.

Gracias a la capacidad e inteligencia de Nicolás, el negocio fue muy bien. Los clientes estaban encantados y gracias al boca a boca, se multiplicaron. Era el fruto de un trabajo bien hecho.

Y fue entonces cuando mi tío decidió que era la hora de comenzar a cumplir sus sueños.

Primero compró una casa en una bonita urbanización de la ciudad.

Y lo siguiente fue comprar el coche de sus sueños. Aún recuerdo su indescriptible felicidad aquel día que lo recogió en el concesionario y vino a enseñárnoslo lleno de orgullo. Era un coche negro, brillante como un espejo y realmente bonito.

Pero a veces, los sueños y anhelos nos traicionan y no nos dan precisamente lo que esperamos de ellos.

Al día siguiente, Nicolás se fue con su esposa de viaje por carretera para celebrar la compra del coche de sus sueños.

Treinta kilómetros después de partir, notó que una columna de humo salía del capot. Alarmado, paró en el arcén y se dispuso a abrirlo. Al hacerlo se encontró con un incendio en toda regla devorando el motor. En cuestión de segundos, se había extendido por todo el vehículo, que ardió hasta quedar convertido en un amasijo de metal negro.

Él y su esposa asistieron impotentes al incendio de uno de sus sueños, aniquilado totalmente.

Cuando los bomberos llegaron quince minutos después, ya no había nada que hacer.

Un fallo en el sistema electrónico, fue lo que le explicaron que había ocurrido.

Él quedó traumatizado para siempre.

Yo en cambio, cada día le veo menos gracia y menos utilidad a los coches. Hace poco cambié el mío (un poco grande para mí), por otro pequeñito y más funcional. La gente no entiende por qué no me compro un cochazo. ¿Y para qué?, les digo yo, ¿para que se me queme?

De hecho, como me da pena tenerlo aparcado tantas horas en la puerta sin usarlo, el otro día busqué en internet qué podía hacer con él, para sacarle partido y descubrí una web muy interesante sobre cómo alquilar mi coche.

Se trata de alquileres entre particulares. Lo estoy haciendo y estoy muy contento, porque le estoy sacando un dinerillo extra que no me esperaba y encima estoy ayudando a otras personas que lo necesitan. Y al menos mi coche no está parado sin ninguna utilidad.

Es una idea estupenda. Os recomiendo que lo probéis.